| Lo acusaron de asesinar a un ladrón, sin investigación de por medio autoridades ministeriales remitieron el caso a un Juzgado Penal; como muchos mexicanos creyeron que la legítima defensa estaba de su lado, pero no. Javier Piña Zavala pasó 8 meses en prisión, porque hasta hace unos días no aceptaban su versión y la de su padre.
Era de madrugada, cuando su papá iría a vender al mercado sobreruedas. Alistaba la mercancía en el pick up en donde cargaba lo necesario para llegar temprano a la vendimia y así conseguir unos pesos que sirvieran para sostener a su familia y pagar los estudios de Javier y sus hermanos.
Apenas iniciaba el 19 de junio de 2009, pero tres muchachos estaban listos para tratar de asaltar con tal de conseguir dinero para seguir la parranda en la colonia Camino Verde, una zona marginal al Sureste de Tijuana.
No era la primera vez que lo hacían. Colocaron piedras en la calle Ricardo Flores Magón, para que el primer automovilista detuviera su auto y al momento de bajar someterlo y luego robarlo.
El papá de Javier, Don Jesús, se dio cuenta, pero hizo como que no pasaba nada.
Eran tal vez las cinco y media de la mañana, cuando su hijo Javier también subió a la camioneta. Sin embargo el muchacho tomó la iniciativa de mover las piedras que bloqueaban el camino, cuando de pronto escuchó que su padre era agredido.
El joven tomó piedras y corrió a ayudar a su padre; pero al tratar de subir de nuevo a la camioneta, los delincuentes volvieron a agredirlos.
Entonces uno de los tres agresores sacó una navaja para atacarlos. Javier forcejeó con el ladrón, pero este resultó herido y posteriormente perdió la vida.
Javier se salvó de morir, pero no de la injusticia de nuestros sistema judicial. Primero enfrentó un parte de la Policía Municipal donde se establecía que él y su papá fueron los primeros en agredir a los delincuentes, por cierto conocidos en la colonia como personas problemáticas.
El caso pasó al Ministerio Público del Fuero Común, pero ni siquiera se realizó una investigación de campo por parte de los peritos que permitiera establecer la mecánica de los hechos, a pesar de estar en tiempo y modo para determinar las circunstancias de los hechos.
Con las declaraciones se determinó su ingresó a prisión y consignar su caso a un Juzgado Penal por considerarse un homicidio doloso, pues las versiones de los supuestos testigos, que eran los agresores, lo acusaban de alevoso y ventajoso pues él se decía sacó el arma que privó de la vida a Renato Sosa Muñoz, de 23 años.
El Juez Tercero de lo Penal, Flavio Herrera Robles, decidió cuando venció el plazo de la ampliación del término constitucional, decretar auto de formal prisión y seguir el curso legal por el delito de homicidio doloso.
Con ese anunció, Javier truncó sus estudios como estudiante en arquitectura en el Instituto Tecnológico de Tijuana (ITT). Llegó hasta el quinto semestre.
Sus amigos, maestros, familiares y hasta vecinos marcharon, protestaron para exigir al Estado su liberación; el subsecretario de Gobierno, Óscar Zumaya fue claro al explicarles que poco podían hacer al estar el caso en manos del Poder Judicial.
Entonces tuvo que intervenir el diputado federal por Playas de Rosarito, Óscar Arce Paniagua, entablando comunicación con personal del Tribunal Superior de Justicia del Estado para acelerar el proceso a fin de permitir el joven recobrar su libertad.
Ocho meses después, el mismo Juez que le decretó auto de formal dio un revés, determinó que no existen pruebas para acusarlo del homicidio.
De acuerdo al portal de noticias Tijuanapress su padre, Don Jesús los supuestos agresores cayeron en muchas contradicciones, lo que motivó que promovieran el incidente de libertad para Piña “donde queda absuelto de toda culpa por falta de pruebas”.
En las forografías aún con el uniforme gris que visten los presos del penal La Mesa en Tijuana, Javier salió por la puerta principal. Los esperaba su abogada, su padre, hermanos y amigos.
La prisión dice en su blog le permitió conocer a muchos presos inocentes como él, también las formas de comunicación entre hombres y mujeres a través de un calcetín. Leyó, devoró libros, un hábito que inició al darse su encierro por defender la vida.
“El Código Da Vinci, me gustó mucho el libro. Lo leí en un tiempo récord para mi :S (sic) en dos días y medio, 557 hojas…” relató en su blog que era escrito por un amigo mientras le seguían el proceso.
Ahora Javier, el ex prisionero de la celda 217, y su familia tendrán como vecinos a quiénes los agredieron, quiénes ocasionaron la comisión de un delito en defensa propia.
Via La Ch |
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